jueves, 19 de septiembre de 2019

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En Compostela, JMJ y testimonio


"Con lo de la JMJ han venido varios grupos de jóvenes a tener encuentros en nuestra Iglesia. Tres, hasta ahora. Mañana otro, y después de la Jornada, vendrán dos más. Todos brasileiros neocatecumenales. Por supuesto, como es costumbre, piden un testimonio de una Hermana. Por no cargar a la Hna. Aude con todos, que sería una lata, yo pedí a algunas Hermanas que colaboraran ...  y uno de esos es lo que envío".

"Yo nací en una familia cristianamente del montón. Había fe, eso sí, pero la práctica estaba bastante abandonada.  Con el despertar de la razón fue creciendo en mí la conciencia de la existencia de Dios como algo importante, algo que supone una diferencia. Sentía necesidad de rezar,  pero eso no suponía ningún cambio en mi vida. Viví  las turbulencias de la adolescencia en un tiempo difícil y revuelto socialmente. Me preguntaba fuertemente por el sentido de la vida, la búsqueda de la verdad, el sentido del sufrimiento  en el mundo, sobre todo del sufrimiento inocente, de tanta injusticia. La fe se hizo cada vez menos relevante en mi vida y comencé a desear apasionadamente las alegrías de la vida presente, en una búsqueda insaciable.


Pero a través de circunstancias providenciales y de encuentros aparentemente casuales, el Señor apareció en mi vida como un ser real, personal, vivo, que me ofrecía un camino de amor y de entrega sorprendente.


Yo tenía entonces dieciséis años. El camino de la vida contemplativa me pareció la opción más total, más radical en la entrega a Cristo. Muchas contemplativas han sentido en principio la atracción de la vida misionera.Yo nunca pensé ser misionera, ni dedicarme a ninguna clase de apostolado concreto. Me parecía que la vida de clausura era la entrega más radical, la manera de que mi ser entero perteneciese al Señor sin dividirse ni dispersarse, y El utilizaría mi vida según su voluntad a través de la misteriosa fecundidad de la oración y del sacrificio. Esto me atraía fuertemente.


Al entrar en el monasterio conocí lo que es la felicidad en la tierra. Mi vocación ha sido para mí una fuente de gozo y alegría como ninguna otra cosa en el mundo puede dar. La conciencia de pertenecer al Señor me llenaba, y me llena, de un gozo que hubiera querido compartir con el mundo entero.


Pero no por eso descansó la búsqueda de la verdad, el instinto de escrutar el misterio de la vida, para poder comprender el sentido de todo, de la existencia, y sobre todo del sufrimiento humano y de la injusticia en el mundo. Esto fue para mí durante largo tiempo un gran sufrimiento que a veces cuestionaba la alegría de mi vocación e incluso la misma fe. ¿Por qué tanto, tanto dolor en el mundo? ¿Por qué tanta injusticia?


Poco a poco, con el paso del tiempo, fui comprendiendo que la única respuesta posible mientras estamos en este mundo es la humildad. La verdad y el sentido de la vida  no se hallan en la posesión de las respuestas, sino en la decisión de amar. La Verdad es el Amor. Aceptar humildemente el misterio de la existencia, un misterio que nos sobrepasa y para el que no tenemos respuestas. O más bien, hay una única respuesta, que es precisamente la verdad de Cristo: Cristo, víctima de la injusticia, crucificado y resucitado por amor nuestro, para enseñarnos el camino del amor humilde como respuesta al misterio del dolor humano. Este es, pues, mi testimonio hoy para vosotros: que, en medio de la oscuridad y del misterio del mundo, vale la pena responder al amor de Cristo, porque en ese amor es donde se encuentra la Verdad, el sentido, la respuesta, la alegría verdadera".


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